En el hamán


Tuve hace una semana una pequeña revelación en un baño turco. El caso es que era perfectamente consciente de la humedad y del calor extremos, los sentía naturalmente. Pero también era perfectamente claro que no era yo el que tenía calor, aunque el calor estaba evidentemente ahí. Era como un acto de meditación perfecta, inmediata, instantánea, en ese sentido de que la meditación no se hace, se es meditación. Que no hay camino, ni proceso ni aprendizaje de la verdad que siempre has sido. No se alcanza sino que te alcanza.

Era una evidencia sin palabras de que no soy el cuerpo, no soy los pensamientos ni sentimientos. Ni siquiera los llamo míos porque no puedo identificar nada que pueda tener esa capacidad de tener. Mi ser no experimentaba el calor, como no sufre, ni espera, ni pretende ni desea, no se enfada, no teme. Ya hemos hablado de esto, pero con la idea de que eso que surgía me pasaba a mí. Lo que presento aquí estaba más acá de las palabras y razonamientos. Ya nada de eso me pasa a mí, aunque hay un mí mismo evidente que se manifiesta precisamente por ser ajeno a todo ello. 

¿Qué otra cosa podría ser más allá de mi cuerpo, pensamientos y sentimientos? Diría que no es cosa, porque eso son los contenidos de la consciencia. Veo la montaña ante mí pero no soy la montaña. Ni está más allá, sino más acá, por ser anterior a todo, condición de posibilidad de la consciencia. No soy la consciencia como acto o agente de conocer o facultad mental, ni sus contenidos, ni el observador o conocedor de los contenidos de la consciencia, porque todo eso no deja de ser el cuerpo. 

Debo de ser, o debo ser, el simple ser consciente. Un darse cuenta, o su mera posibilidad, que a la vez no es observable, que es inefable, sin forma ni propiedades. Valga el símil de la visión, el ojo que permite ver todo, pero que no puede verse a sí mismo [*].  O el del espacio donde están los objetos pero que no es ni un objeto ni es afectado por los objetos, con permiso de la relatividad general por supuesto. También vale el ejemplo de la pantalla donde se proyecta una película que es la película de nuestra vida, y que es ajena a la pantalla y en nada le afecta.   

Alguien presentaba como prueba, si es que valen pruebas en esto, que nuestro sentido de ser más íntimo no envejece, ¿verdad? Su cuerpo, sus posesiones, su sabiduría cambian, pero el supuesto poseedor de esos atributos es siempre el mismo, esa sensación inmutable de ser usted, a veces mal entendida por confundirse con lo “suyo”, cuando lo que lo define es precisamente la enajenación de lo suyo. 

Vuelvo siempre sobre los mismos temas, aunque realmente nunca nada es lo mismo. Quizás para evitarlo debiera leer más este blog, pero confieso que me cuesta mucho, lo mismo que oír mi voz, o verme en el espejo, o pensar en mí. 

[*] No me hable aquí de espejos porque entonces la liamos. Lo dejo como un problema de aplicación del maravilloso Vivir sin cabeza: Una experiencia Zen, de Douglas E. Harding.




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