La cámara lenta
Las mentes funcionan por sacudidas del orden mental que dan lugar a una nueva configuración, pequeñas revelaciones y despertares. Una de mis últimas ha sido reducir la velocidad a la que círculo conduciendo automóviles. No puedo ofrecer ninguna razón que yo conozca, ni tampoco tendría ningún interés en exponerla si la hubiera, porque no veo ninguna importancia en las razones de mis actos, son pura ilusión, ruina mental incluso. Sólo me gustaría reseñar aquí los efectos, los descubrimientos de esta última ventolera, los aprendizajes sobre mí y sobre los demás, que tampoco veo una diferencia entre el uno y los otros.
Siempre he respetado los límites de velocidad, porque siempre cumplo las normas, on incluso más allá. Ni siquiera me preocupa entenderlas, me parece que es una forma de respeto hacia los demás. También flota la idea de que conducir es conducirse, que hay una deportividad elegante y respetuosa en ceñirse a los límites de lo regulado, no hay deporte sin normas, que no están por jorobar sino para darle significado. Un placer siempre ponerse a 60 km/h en una zona de obras con limitación a 60 km/h, siempre en el carril derecho, que entiendo como un síntoma civilización, de intento sincero de salir de las cavernas. Y en mi inocencia no puedo entender por qué tantos y tantos no las cumplen, salvo cuando se acerca un control de velocidad, o ven un coche de la guardia civil, un acto que sin duda es evolutivamente beneficioso para los perpetradores, pero que me deja siempre absolutamente confundido y sorprendido, que por otra parte no deja de ser mi estado natural.
Pero al margen de esto, esencialmente adoptaba la máxima velocidad permitida en cada momento, haciendo lo posible el para mantenerla. Reducir ahora la velocidad, un 20% digamos, ha sido ponerse en un punto de observación privilegiado y distinto. No sólo eso, sino incluso reducirla aún más si se da que mantener la velocidad resultara en acciones bruscas, poco elegantes, o bien por un placer delicado en adaptar mi velocidad a la de otros. Seguir la estela de un camión o autobús, como un acompañamiento anónimo.
La conducción se hace más relajada, más tranquila, menos demandante. Se rebaja la sensación de lucha, de competición por mantener la velocidad máxima a toda costa, de ansia por el espacio y el tiempo. Aumenta la sensación de controlar las pasiones en lugar de dejarse llevar. Ocurren y se sienten, pero no tienen ya poder sobre uno. Se aprende también a disfrutar de los contratiempos.
Naturalmente, estando rodeado de automóviles que superan la velocidad propia o incluso la máxima permitida, supone que uno tenga casi la sensación de ir hacia atrás, de estar terriblemente equivocado en el mejor sentido de la cita de Wilde. Pero sin duda es estar en un observatorio privilegiado de la violencia en que vivimos, de la prisa, de la lucha por el privilegio, por la posición. Tengo la sensación de haber dado con algo importante. Paladear que ni yo ni lo mío importan tanto, que realmente no hay yo ni mío.
He comentado en otras entradas el extraordinario laboratorio de psicología que supone la conducción de automóviles. En la raíz biológica del humano, como en la de todo lo vivo, está la supervivencia, el perseverar en el ser, que en el fondo siempre es a costa del perseverar de los otros. Y no diga que no ve esto todos los días muchas veces cada día. En este sentido, la pasión por llegar antes que otros puede estar en nuestro pasado carroñero, en esa transición hacia la caza y el consumo de carne. Ansia por adelantar, por vencer, estar delante. Y en el anonimato se disuelven las razones para cooperar, por establecer los vínculos de reciprocidad. Ya hemos hablado en este blog del dilema del prisionera al volante.
Incluso en las competiciones de cross en las que corro casi me siento culpable de correr para no ser el último, ¿por qué quiero para los demás lo que no quiero para mí? Aunque sé que el deporte, tal como me gusta entenderlo, no es más que una sublimación inocente y divertida de la competición vital, y en la que en el mejor de los sentidos uno sólo compite con uno mismo. Y bien entendido, es el único lugar que competir tiene sentido, aún con uno mismo.
Esto me lleva a otra reflexión que me surge a menudo a propósito y durante la velocidad lenta. Esta es deleitarse en la imperfección propia, en el placer de sentirse equivocado, no digno, en no pertenecer, disfrutar en el ser rechazado, estar al margen, en la orilla, en aceptar el orgullo justificado de los demás en sus altas opiniones sobre sí mimos, y que uno no puede permitirse. Un delicado placer incluso en sentirse humillado.
Que buscar la felicidad no nos haga miserables. Mejor todavía, no busquemos la felicidad, no existe otra que la que nos ha habitado desde siempre, la que somos siendo.
P.D.: Coincide esta entrada con mensajes de personas muy queridas que me dicen lo que sufren por sentir que la vida ocurre a una velocidad inhumana. Y con un comentario de José Luis Sastre en su podcast con Miguel Maldonado, citando un pasaje literario de Manuel Vicent en el que cuenta que yendo detrás de un camión con su coche penaba por querer adelantarlo sin darse la ocasión, hasta que le vino una epifanía, y dejó de querer adelantarlo. Prefería quedarse admirando el paisaje. Llegar hasta donde llegue.



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