Silencio, se vive
Por ello son momento muy sensibles al habla que experimento en los demás. Me pasa todo el año, pero en estos momentos todavía me sorprende más la afición humana por hablar. En mis paseos por el bosque los humano se reconocen de lejos, mucho antes de verlos, porque siempre van hablando, con lo hermoso que es el silencio denso y rebosante del bosque.
A lo largo de mi vida a menudo se me ha hecho notar mi afición al silencio. Cuando era niño mi madre se desesperaba porque no le hablaba de mis cosas. Incluso ya mayor bromeaba conque un día les diría que me casaba al día siguiente, lógicamente sin haber sabido nada de cónyuges hasta ese momento. Si hubiera sido el caso no se alejaba mucho de lo que hubiera ocurrido. Mi familia más lejana me suponía algún handicap y se sorprendían de que no me fuera mal en los estudios. Esta misma semana en una reunión de vecinos alguien se dirigió a mí como ese que no habla nunca.
Si paso un rato de lectura o contemplación en una terraza del pueblo voy equipado con auriculares que cancelan el sonido ambiente, para aislarme y concentrarme en mis asuntos. Por la música o televisores con los que los administradores del local y los parroquianos supongo demostrar su aversión al silencio. Y también para aislarme de conversaciones ajenas. La cancelación es imperfecta y en ocasiones no puedo sustraerme a las conversaciones vecinas.
No pretendo criticar, ni menospreciar, ni dar lecciones. Yo también hablo, aunque no mucho, con muy poca gente muy querida, muy íntima, y con temas y objetivos particulares, deliberados, pensados y disfrutados. Siempre disfrutando más del escuchar que del hablar, y si somos varios los participantes disfrutando de la conversación de los demás como espectador afortunado.
Sólo pretendo describir, reflexionar. No se puede exagerar el valor del habla, no sólo como medio de comunicación, que quizás sea lo menos importante. Sino como pegamento social, más accesible, repartido y quizás más eficaz que el sexo con perdón de los bonobos. Se habla para estar unidos, para estar con el otro. Se habla de uno mismo y de los demás, de los presentes y de los ausentes. Según lo entiendo es así desde que empezamos hablar en el amanecer de lo humano. Dicen que el incentivo no fue intercambiar información, poca había en el paleolítico y seguro que bastaba con mímica y gruñidos, sino cotillear, contar, relatar historias. Para situarse correctamente uno entre los demás y a los demás entre sí.
Por ello no puede sorprender a nadie el éxito de las redes sociales y que se dedique más empeño en el cotilleo que en la metafísica, o incluso la física, incluida la cuántica. [Mientras escribo esto escucho desde la terraza a un vecino explicándoles algo de su árbol genealógico a otro vecino, en lugar de comentar lo último sobre los verbos ergativos].
La gente mayor suele criticar la dependencia de los más jóvenes de las redes sociales o en general de la conectividad que permiten lo teléfonos móviles en particular. Les acusan de no estar en la realidad siempre pendientes de las pantallas. Es justo al contrario. El mundo humano es mental, pura relación de unos con otros, ideas, conceptos con el principal vehículo de la palabra. Esa es la realidad humana y quienes usan la tecnología para adentrarse en ese mundo ideal están llevando la idea humana a su mayor extremo, habitando la auténtica realidad humana.
Y con tecnología o con el habla usada en persona todo sigue siendo igual desde el amanecer humano, si lo que escucho normalmente en conversaciones fuera de mi pequeño mundo de principito es una muestra significativa. Y añadiría algo más. Se habla para afirmar la identidad, y con ello el estatus, la posición. Qué grande aquel antiguo nos sabe usted con quién está hablando, que más disimulado persiste bajo la superficie de otras formas más insinceras. Hablamos muchísimo de nosotros mismos, supongo que para dar cuerpo hablado a la persona que supuestamente somos, recuerde que la palabra persona viene de palabra griega para máscara de teatro. Somos seres gramaticales, sujetos de oraciones, que suelen empezar por “yo…” o una construcción similar [*]. Esto incluye la cháchara mental continua de nuestra mente parlanchina, que aunque estemos vocalmente en silencio, nos inunda con un continuo de pensamientos y ocurrencias que se van alternando rápida y desordenadamente, a veces conocida como “mente de mono” en el sentido de ir saltando de rama en rama. Uno de sus razones de ser es seguro sustentar la idea artificial de persona, en un entramado continuo de estrategias, de debes y haberes, de planes, deseos, reproches y rencillas, justificaciones, excusas.
Se diría que la verdadera sustancia de los humanos es la condensación física de un entramado de palabras, recuerdos, planes, hábitos. Un conjunto de predicados para el “yo soy…” solidificado, autónomo y ambulante. Un ser mental hecho carne que se sustenta sobre palabras, habladas o sólo pensadas. Como en un puente, o cualquier otra construcción, si no se revisan los pilares periódicamente la obra se podría venir abajo.
Y esa es una maravillosa consecuencia de mis retiros, a fuerza de descuidarla mi persona se me viene felizmente abajo.
[*] Por cierto, no es por enmendarle la plana a Descartes, grande António Damasio con El error de Descartes, pero “si yo XXX” donde XXX es cualquier verbo en primera personal del singular, tendré que existir, digo yo, sino cómo voy a ser sujeto de un verbo. Existo hasta cuando me muero. Curiosamente parece que morirse no es ergativo.



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